Relatos

Atrapados en el Reflejo

«Atrapado en el Reflejo» es un relato de ciencia ficción que tiene de todo un poco: romance, terror, suspenso… Disfruté mucho escribiéndolo porque a mi modo de ver las cosas me parecieron algunas escenas muy cómicas debido a la profesión de Ana, la protagonista, ella es una psicóloga que se enfrenta a una situación bastante particular y cree que está teniendo alucinaciones… «una psicóloga loca» me pareció cómico, por eso creo que el relato también tiene algo de «comedia negra».

«Atrapados en el Reflejo» es el primer relato de una serie de ciencia ficción que se llama «Al otro lado del Espejo». Esta serie está compuesta por relatos y chat-fiction, poco a poco la iré publicando en este blog y en mi cuenta de Steemit, agradezco inmensamente el apoyo que me puedan brindar allí y en la sección de este Blog Contribuciones/Donations, porque por el momento no tengo planeado inundar este blog con publicidad.

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💙Espero que disfrutes de este relato💙

La mecánica cuántica nos enseña, entre otras cosas, que no son las partículas físicas las que hacen que tú seas quien eres, sino la información que contienen estas partículas”

Esa mañana todo había transcurrido como de costumbre y los rayos del sol de las ocho traspasaba los cristales de la gran ventana en la sala del recibidor de la casa de Ana, jugueteaban con sus rizos rubios de locura que ella acomodaba con sus dedos enfrente del espejo. Todos los días Ana gozaba con ese pequeño ritual antes de salir a su consultorio privado. Luego de delinear sus labios, abrió el cajón de la mesita lateral al espejo y se sacó su labial preferido color Ruby Woo, le parecía que ese color resaltaba su blancura de porcelana, le daba vida a sus ojos azul marino y los rizos de su cabello dorado parecían festejar ese toque de distinción. Detuvo su mirada en el libro de su autoría que había colocado encima de la mesa minutos atrás, su recien y merecido gran logro: su tesis doctoral en psicología publicada como una de las mejores investigaciones del año.

Esa tarde tenía una cita con un paciente muy especial, Simón Granados, un prestigioso abogado que abrió una puerta que jamás se hubiera imaginado sería posible abrir en ella, no es que estuviera enamorada de él, sólo que cuando Simón expresó su amor hacia ella, le sudaron las manos y su corazón se aceleró. Ana no admitía los fracasos en su profesión, por eso quería regalarle su libro para que entre los dos aclarasen de forma muy profesional lo que sucedía.
«“¡¿Enamorarme de un paciente?! ¡Jamás!”» De eso se trataba su tesis doctoral, de los errores técnicos que cometen algunos psicólogos al confundir la contratransferencia que el paciente provoca con la proyección de los propios deseos del analista: «si el psicólogo era realmente un profesional en su área, eso no le ocurría nunca»… esta fue una de las frases que volcó en la introducción de su tesis con toda la firmeza y objetividad que sus investigaciones, experiencia e intachable curriculum demandaba.

«“¡¿Dónde quedaría mi prestigio si en realidad lo que siento por Simón es amor?!”» Ese turbio pensamiento hizo que se manchara los dientes con el labial, abrió el cajón de la mesa para sacar unas servilletas, pasó su mirada de nuevo por el libro que le regalaría a Simón, cerró sus ojos y un escalofrío serpenteante la recorrió… «“¡¿Esto es absurdo?!”, pensó». Abrió nuevamente sus ojos con ira e intentó seguir con su labor, son su ritual, pero al volver su rostro al espejo vio a una Ana sin maquillaje, con el pelo más largo, ojerosa y un vestido totalmente diferente a su elegante traje azul petróleo. Ana retrocedió al tiempo que sus ojos se desorbitaron y profirió un grito de espanto; olvidó el trabajo que le había tomado delinear sus labios y se llevó las manos a la boca regando su labial color Ruby Woo por su mentón.

─¡Espera! ¡No te asustes! ─le dijo la imagen del espejo.

─ ¡¿Qué me está pasando?! ¡¿Estoy sufriendo una alucinación?! ─pensó Ana mientras corría por su bolso para sacar el carro del garage.

─¡No te voy a hacer daño! ¡Sólo quiero hablar contigo! ─le gritaba la imagen del espejo.

Ana olvidó el libro que le regalaría a Simón, cerró con fuerza la puerta de su casa y casi rompe la llave intentando asegurarla, pues el portazo realizado como un impulso de defensa no surtió el efecto deseado, aún escuchaba a la imagen del espejo que le gritaba:

─¡Ana, espera! ¡Tengo algo importante que decirte!

Ana bajó las escaleras de la entrada a toda prisa, se metió al césped aún mojado por el aguacero de la noche para intentar llegar más rápido al garage, pero al dar los primeros pasos sus tacones se enterraron, quedó descalza y tambaleó por unos instantes como si de una equilibrista en la cuerda floja se tratara. Luego de recuperar el equilibrio se agachó para recoger sus zapatos, y nuevamente esa voz impensable, igual a la suya, le taladró los oídos:

─¡Ana, soy real! ¡Tengo algo importante que decirte! ¡No soy una alucinación! ─gritó la imagen del espejo intentando aclarar la situación de su presencia, como si hubiera leído los pensamientos de Ana.

Corrió descalza por el césped con sus tacones en la mano; al llegar a la puerta del garage abrió su bolso para sacar el control de la puerta y todas sus pertenencias se desperdigaron por el piso; el frasco de su costoso perfume se rompió al tocar el pavimento; el precioso líquido saltó encima de sus piernas dejando aromatizadas sus medias veladas color caramelo, y se revolvió con la tierra, el agua y el pasto que estaban impregnados en sus pies. La imagen de una Ana desplomándose y llorando en el piso llegó a su mente con la fuerza de un huracán, respiró profundamente, se colocó de nuevo sus zapatos para no enterrarse algún vidrio, se agachó para recoger con mucho cuidado sus cosas, pero fue inevitable que uno que otro vidriecito se le enterrara en sus manos.

Finalmente pudo llegar a su auto, lo primero que hizo al estar dentro de él fue mirarse en el espejo touchscreen: el labial regado por su mentón y el diámetro de sus ojos aumentado a escalas impensables, le daban un aspecto macabro, parecía como si el espejo nuevamente le devolviera una alucinación, pero al menos esta vez ella conocía el contexto de esa imagen, por más macabra que fuera, era la suya.

Quitó su mirada rápidamente del retrovisor temiendo que le devolviera algo peor; vió su hermoso vestido azul petróleo arruinado por el labial; comenzó a sentir el frío que subía por sus mojados pies, y el dolor en sus manos debido a los vidrios que aún tenía enterrados; hizo un esfuerzo para sacar su celular y llamar a su secretaria; canceló todas las citas de la mañana y le dijo que comprara un vestido talla 32 (EU), una toalla grande, unas medias color caramelo y un labial Ruby Woo. Se bañaría en su consultorio, no entraría de nuevo a su casa, al menos en ese momento.

La tarde transcurrió en calma, pero Ana no podía concentrarse en su trabajo, perdía el hilo de las conversaciones de sus pacientes con facilidad. Eran las cuatro treinta de la tarde cuando Simón parqueaba su auto en el estacionamiento del edificio donde se encontraba el consultorio privado de Ana.

Simón decidió entrar a terapia para liberarse del estrés que le causaba la jugarreta que le hizo su mejor amigo al quedarse con todas las acciones de la firma de abogados que fundaron entre los dos; ya no soportaba con el mismo garbo la estratagema que se libraba a diario en cada rincón de los tribunales. Quiso comenzar una nueva vida como fotógrafo, su hobbie, pero cambiar de vida de forma tan radical no era tan sencillo, sobre todo cuando se tenía tanto prestigio en una profesión, entonces buscó a la mejor psicóloga de la ciudad y encontró a Ana. Él siempre escogía lo mejor, los mejores restaurantes, el auto más lujoso, su apartamento en el lugar más prestigioso, pero gran parte de sus temores se alimentaban precisamente de eso, no creía que como fotógrafo pudiera pagarse lo que tanto disfrutaba, necesitaba ayuda para asimilar lo que sucedió, dejarlo atrás y continuar con su profesión; no quería renunciar a su comodidad, a su lujosa vida.

Ana lo había ayudado durante estos seis meses a aceptar el hecho de la traición de su socio y a recobrar la confianza en sí mismo: si una vez armó un imperio, podría volverlo hacer cuantas veces fuera necesario, el verdadero imperio estaba dentro de él. Fue tanta la confianza que ganó con las terapias que se decidió a dar el primer paso y en la cita anterior le había expresado su amor a Ana, pero al ver la expresión de ella, se dió cuenta que había cometido un error fatal, sin embargo, ya sabía exactamente lo que debía hacer; pasó la semana leyéndose el libro de Ana, lo había comprado por internet y allí comprendió la raíz de su error; no era tiempo de lamentarse y buscar la perfección en cada uno de sus actos, simplemente lo corregiría.

Cuando Simón entró en el consultorio eran las cinco, dejó su gabán en el diván, se acercó a Ana y le dio su acostumbrado beso en la mejilla.

─Hola. quisiera que… ─dijeron Ana y Simón al unísono.

─Disculpa, habla tú primero ─dijo Simón esbozando una sonrisa.

─La verdad no sé qué decirte… ─contestó Ana sin pensar, era la primera vez que no meditaba sus palabras antes de expresarlas con un paciente, y por eso un largo silencio embargó el consultorio.

Simón notó la inseguridad volando como un ave de rapiña alrededor de Ana, nunca había visto esa expresión en ella.

─¿Qué sucede? ─le contestó Simón rompiendo el vuelo del ave.

Ana quedó sorprendida de la respuesta de Simón. «“¿Cómo podía conocerla de esa forma?”», pensó. ─Definitivamente había cometido muchos errores en la terapia con su paciente─.

Simón leyó la preocupación de Ana en su expresión y se dio cuenta que había cometido otro grave error. Error tras error, debía remediarlo de inmediato.

─Ana, quiero que me disculpes por haber confundido nuestra relación paciente – psicóloga. Lo que sucedió en la cita anterior sólo fue un reflejo de la seguridad en mí mismo que he adquirido gracias a tu terapia. Lo mejor es que terminemos estas citas pues ya no las necesito, te estimo como una gran amiga y no quisiera que esto terminara de mala forma. Me enamoré de tu acertado tratamiento y profesionalismo, pero no de ti.

Ana sintió gran alivio al escuchar esas palabras, por primera vez en ese día pudo sonreír.

─Quisiera que diéramos término a estas citas de una forma cordial, como dos amigos: ¿quieres ir a cenar conmigo? 

Ana volvió a sonreír, eso era lo que le faltaba en ese momento, distraerse un poco para olvidarse de las espantosas alucinaciones que había sufrido en la mañana. No quería contarle a nadie lo que vivió, y menos a alguno de sus amigos pues todos eran psicólogos, se sentía realmente sola.

Luego de una espléndida cena en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, Simón llevó a Ana hasta su casa, ella había dejado su auto en el estacionamiento del edificio del consultorio, en la mañana tomaría un taxi hasta su trabajo. La despedida fue tan finamente planeada por Simón durante todo el trayecto, que salió a la perfección: él recuperaría su posición como ciudadano, ya no sería un paciente de Ana; esperaría, y luego volvería a su vida, no importa cuánto tuviera que esperar.

Ana se había olvidado por completo de sus alucinaciones, al abrir la puerta de su casa pensó: «“esta vez Simón me hizo la terapia”», esto le causó gracia, al fin y al cabo su relación profesional había terminado y sería la última vez que lo vería. Prendió las luces de la sala del recibidor y observó que el libro que le quería regalar a Simón aún estaba allí, «“ya no lo necesita”», pensó. Luego se miró en el espejo y allí se encontraba esa imagen observándola nuevamente.

─Ana, no te asustes, por favor. Déjame explicarte ─le susurró la imagen en el espejo.

Ana retrocedió, gritó, tropezó con el inmenso cactus que adornaba la entrada del recibidor, corrió hacia la lámpara que le había regalado una de sus mejores amigas y la estrelló contra el espejo. No pasó ni un minuto cuando escuchó el timbre:

─¡Ana! ¡¿Qué sucede?! ¡¿Estás bien?! ¡¿Puedes abrir la puerta?! ─gritó Simón desde afuera.

─ ¡Sí, ya voy! ─gritó Ana limpiándose las lágrimas de su rostro.

Ana abrió la puerta; Simón entró y miró para todos lados temiendo que hubiera un intruso.

─¡¿Ana, qué está pasando?!

Ana bajó las escaleras de la entrada y se sentó en su sillón preferido. Le temblaba todo su cuerpo. Simón cerró la puerta, caminó hacia Ana y se acurrucó a su lado… sintió el terror que la embargaba a través del temblor de sus manos. Le acarició el cabello y Ana se recostó en su hombro: todo su mundo estaba deshecho, había perdido la razón, no sabía ni el cómo, ni el cuándo, tal vez alguna enfermedad neurológica la estaba destruyendo desde la oscuridad: como un asesino silencioso que irrumpe desde las sombras y te desgarra sin compasión. Todos esos pensamientos la balearon en ese momento y estalló en el más insondable llanto. En medio de su confusión, los calurosos brazos de Simón la apretaron y sintió un hálito de fuerza placentero. Las manos de Simón secaron las lágrimas de su rostro mientras le susurraba al oído:

─Sea lo que sea que esté pasando, yo estaré a tu lado, así como tú lo hiciste en el peor momento de mi vida.

Esas palabras y la voz de Simón susurrante terminaron por encender el fuego en los labios de Ana, los cuales buscaron a los de Simón para fundirse en el mejor beso que había dado en su vida.

Al despertar junto a Simón, en lo primero que pensó Ana, fue que experimentar el terror y el placer en una sola noche, y con tanta intensidad, fue algo… un largo silencio en su mente era la única respuesta que tenía para la situación que vivió la noche anterior… ¿extraño, fascinante, absurdo, demente…? definitivamente no se le ocurrían palabras, ni frases para catalogar eso… y ella era experta en clasificar, y encasillar las vivencias de los demás.

Nuevamente el horror llegó a su cabeza, debía consultar un neurólogo, lo más probable era que alguna enfermedad degenerativa se estaba presentando, nuevamente sus ojos se aguaron, pero sacó valor y se levantó a tomar una ducha. Simón sintió cuando Ana se levantó de la cama, pero no supo qué actitud tomar, lo mejor sería pensar mientras ella salía del baño, no quería arruinar esa fantástica noche.

Cuando el agua de la ducha empezó a caer, Simón se colocó su traje; intentó organizar su cabello mirándose en el espejo del tocador de Ana, de repente vio la imagen de un hombre muy parecido a él, pero su forma de vestir distaba de la elegancia de Simón; aunque tenían el mismo rostro, el de la imagen en el espejo tenía una cicatriz que se extendía desde la boca hasta la mitad del pómulo izquierdo, era como si se tratase de un medio Guasón.

─Buenos días Simón. No te asustes por favor ─le dijo la imagen del espejo tratando de sonreírle, pero su cicatriz aumentaba el espanto de la situación.

─¡¿Quién es usted?! ─gritó Simón al tiempo que caía sentado en la cama.

─Vivo en un universo paralelo al tuyo, simplemente soy una de tus personalidades viviendo en otro mundo. No tienes por qué temer. Nuestra tecnología aquí está más adelantada. Mi nombre es Oswaldo y soy un científico. Perdón por presentarme así, estoy probando mi nuevo invento. No rompa el espejo por favor. ─En ese momento la imagen de la mujer que se parecía a Ana llegó sonriente, rodeó con su brazo a Oswaldo y saludó al aterrado Simón con su mano─.

─Ella es mi esposa Catherin, ─continúo Oswaldo con su explicación─  ayer trató de comunicarse con Ana, pero ella se asustó mucho; mis disculpas por ello; le aseguro que Catherin jamás quiso hacerle daño a Ana, sólo me ayuda a probar mi nuevo invento ─dijo Oswaldo mostrando lo que parecía una pistola de ciencia ficción.

─Esto es increíble, pero sin duda es verdad… ¿Y me dice usted que Catherin es su esposa? ─contestó Simón después de tomar un largo aire; la presencia de Catherin lo relajó un poco y le había traído alegría en medio de la consternación ─«“¿Así que existen probabilidades de que mi relación con Ana prospere?”», pensó.

─Sí, somos pareja desde hace cinco años, ella es la mujer de mis sueños ─contestó Oswaldo, y Simón recordó que ese fue su pensamiento cuando pisó por primera vez el consultorio de Ana.

─Wow es fascinante ─dijo Simón sonriendo.

En ese momento entró Ana envuelta en su toalla de baño. Simón la miró aún con la sonrisa dibujada en su rostro. Ana le preguntó:

─¿Con quién… ─Ana no pudo terminar la frase porque quedó congelada al ver la imagen de Oswaldo y Catherin en el espejo. Sólo pudo gritar.

Simón se levantó rápidamente de la cama y corrió hacia ella.

─Tranquila, son unos amigos de un universo paralelo, se llaman Oswaldo y Catherin. Tranquila ─le dijo Simón mientras se le acercaba.

─¡¿Qué?! ─Fue lo único que pudo expresar en ese momento Ana.

─Siéntate por favor. Todo tiene una explicación lógica, de hecho Oswaldo es precisamente un científico.

Ana se cogía con fuerza sus manos, no podía evitar el reflejo inconsciente del recuerdo del día anterior, su cuerpo comenzó a temblar como cuando vio a Catherin por primera vez. Simón tomó sus manos.

─Ana todo está bien. He leído algo sobre universos paralelos, me gustan esos temas, la ciencia dice que esto puede ser posible, y nosotros hoy tenemos la fortuna de presenciar la mejor de las evidencias.

«“¿Entonces no tengo ningún problema neuronal? ¿No me estoy volviendo loca?… ¡Es la mejor noticia que he recibido en toda mi vida!”», pensó Ana en medio de la confusión.

─¿Universos paralelos? ─preguntó a Simón apoyando una mano en su frente al tiempo que comenzó a reír.

Simón le sonrío, pero no entendía el chiste que le provocaba esa risa a Ana.

─No tienes idea por lo que he pasado desde ayer, creí que me estaba volviendo loca ─le dijo Ana al tiempo que unas lágrimas se asomaban en sus ojos.

─Ana, nunca pretendí asustarte, perdóname ─dijo Catherin desde el otro lado del espejo.

Ana volteó a mirar y sin saber qué pensar comenzó a acercarse al espejo de su tocador mientras Catherin explicaba lo sucedido. Simón la siguió confiado.

─Sólo estamos haciendo unas pruebas del invento de mi esposo. Queríamos hablar con una de las tantas personalidades que habitan en los universos paralelos al nuestro para recoger la información de campo y presentar su invento ante la comunidad científica de nuestro mundo. Pensamos en comunicarnos con alguien más al ver tu reacción, pero al mismo tiempo nos sentimos responsables de lo que habíamos ocasionado y por eso te volví a hablar anoche.

Ana comenzó a observar con detenimiento la escena que les presentaban sus dobles, quedó impactada con la prominente cicatriz de Oswaldo, pero además de esto había algo que no le cuadraba, a ella le encantaba ver cómo hacían los efectos especiales en el cine y le parecía, por ciertos detalles borrosos en la imagen de la sala donde estaban sentados, que se trataba de un montaje. Pero luego pensó que era absurdo porque se trataba de una comunicación entre universos paralelos y era lógico que las cosas se vieran diferentes, tal vez por cuestiones de interferencia.

─Este es un dispositivo cuántico para la comunicación entre universos paralelos, hace un mes lo terminé de construir y mi investigación en este momento es para recolectar información con el fin de proporcionar un acercamiento a las utilidades que puedan derivarse de él para nuestro mundo ─explicó Oswaldo mostrando con orgullo su invento.

Simón pasó de la alegría de saber que tal vez su amor podría concretarse con Ana, a la admiración total de su doble al otro lado del espejo; se sentía cautivado por esa personalidad, un científico de renombre a nivel mundial, eso era algo que nunca se había imaginado, su interés por la ciencia nunca pasó de ser mera curiosidad, pero esa chispa dió fruto en un mundo paralelo y ahora estaba ante ese prominente científico. Qué día tan espectacular estaba viviendo, se acercó más al espejo para observar con detenimiento el aparato y alzó su brazo derecho para tocar la cautivante imagen. En ese momento Catherin y Oswaldo se colocaron lentes oscuros y Catherin activó el dispositivo, un rayo verde encegueció a Simón, sintió un calambre que se extendía por su cuerpo y apareció al lado de Catherin.

Ana sólo pudo decir antes de que Simón tocara el espejo:

─¡Simón, espera, algo no está bien!

Las  dudas de Ana se confirmaron cuando después de recuperar la visión perdida por el encandilamiento del rayo, Oswaldo la sometió encima de su cama, le quitó la toalla que sostenía su cabello y le amarró las manos con ella, luego la llevó enfrente del espejo y empujó su cabeza contra él. Catherin disparó nuevamente el rayo y pudo pasar al otro lado del espejo para reunirse con Oswaldo.

Ana cayó encima de Simón, él se encontraba aún aturdido porque al traspasar la puerta cuántica se dió un fuerte golpe en la cabeza contra el piso de lo que sería su nueva casa. Las imágenes de Catherin y Oswaldo desaparecieron y sólo quedó un espejo común en la sala de sus antiguos dueños. Ana miró a su alrededor mientras que Simón se sobaba la cabeza, la sala no estaba nada mal, incluso era más elegante y tecnológicamente mejor dotada que la suya.

Ana ayudó a levantar a Simón y se fueron a sentar en un prominente sofá, pero el golpe que se dieron en sus posaderas no lo habían pronosticado; todo en esa sala era falso, se trataba de un holograma que proyectaba el lujo y la comodidad que tenían los hogares de los cyborg-humanos, personas que habían decidido transferir su conciencia a una máquina. Cuando Ana y Simón encontraron el dispositivo que proyectaba el holograma y lograron apagarlo, descubrieron que se encontraban en una casa vieja, casi a punto de caerse, los pocos muebles que existían estaban rotos y las espumas se salían por lo que en una época pasada eran las costuras; el techo estaba desplomado en una parte de la casa y pronto averiguaron con los vecinos que llegaría el invierno.

Soy Ana, la protagonista de esta historia, esta fue la forma como llegué a mi nuevo hogar. Pronto me di cuenta que el conocimiento de la mente en mi mundo apenas estaba empezando y aproveché la gran oportunidad de convertirme en cyborg, al igual que Simón. Ahora soy la Doctora Annie 089, internacionalmente conocida por mis aportes para que los humanos puedan asimilar su nueva condición y disfrutar plenamente de las grandes ventajas que conlleva la decisión de convertirse en cyborg.

Oswaldo no era un gran científico como lo aseguró, era un fotógrafo que malgastaba su don aferrándose a su biología, al no querer traspasar su conciencia, pasaba todo el día metido en una cabina manejando un dron para conseguir un miserable sueldo; en lugar de explorar la tierra, el agua y el viento con una armadura. El rayo teletransportador con el que nos engañó es una tecnología restringida que algunas personas han adquirido a través del mercado negro. Simón pronto pudo manejar su nueva condición de cyborg, y hoy se siente pleno, y realizado, pues en este mundo pudo explorar a plenitud el hobbie que no se permitía en su tierra de origen.

Escogí relatar el engaño que viví a manos de mi doble en este prefacio de mi autobiografía porque ella vivía en lamentables condiciones debido a sus creencias; tenía la oportunidad de vivir una vida plena en su nariz, pero escogió el camino de la suplantación de identidad. Hoy disfruto de esta gran vida que me regaló mi doble, pero ella pronto destruyó la comodidad que tanto codiciaba; se encuentra en peores condiciones: Oswaldo murió en un accidente a los seis meses de llegar a mi mundo y Catherin quedó en silla de ruedas, hoy es adicta a la morfina.

He tratado de comunicarme por todos los medios posibles con Catherin, porque las historias que escribía han sido una gran fuente de inspiración en mi trabajo. Sus novelas fueron publicadas y hoy es también reconocida a nivel mundial; todo el dinero recaudado por sus escritos lo tengo celosamente custodiado, aún guardo la esperanza de volverla a ver, pese a su engaño, no le guardo ningún rencor: gracias a ella puedo decir que el peor obstáculo en mi vida, hasta este momento, pronto lo convertí en la mejor oportunidad que se me ha presentado.

FIN

 

 

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