Relatos

El Nido

Su corazón dependía de una pequeña manguera hueca que lo atravesaba como una flecha, debía tirar de ella constantemente de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda, muy suavemente para que no se saliera. No recordaba cuándo, cómo o el por qué, ese extraño artefacto había llegado allí, pero su vida estaba reducida a tirar suavemente de ella. No podía desplazarse a ningún sitio fuera de esa especie de nido donde reposaba su frágil osamenta y esas carnes pútridas que palpitaban al ritmo de su endeble corazón.

Un cuervo blanco llegaba a acompañarlo con las primeras luces del sol rojo y se despedía con los primeros rayos del sol azul que acompañaban el retorno del cuervo negro.

El cuervo blanco se quedaba merodeando unos instantes por esas ventanas prismáticas que rodeaban la misteriosa morada… daba varias vueltas… saludaba el esplendor del sol azul y graznaba: ¡Qué testarudo!

Ese graznido era indescifrable para él, era el único sonido que no podía entender de su singular amigo, pues el cuervo blanco durante su visita le hablaba constantemente de tierras más allá de ese nido donde él vivía atrapado en la eternidad de un lánguido y crepuscular susurro de un dios impensable. A veces pensaba que el graznido era la forma de despedirse del cuervo negro, ¿O tal vez era el saludo secreto al sol azul? ¿Quién sabe…? A lo mejor las luces azules transformaban su voz tornándose incomprensible para sus oídos.

Pronto se olvidaba de ese extraño momento que ocurría en cada despedida y su atención se posaba en la visita del cuervo negro, pero éste al contrario del cuervo blanco, nunca habría su pico para hablar, sin embargo, él podía ver en sus redondos y penetrantes ojos todas las imágenes de sus emocionantes viajes.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, pero de repente sintió un frío que heló sus huesos cuando un pensamiento terrorífico se estrelló contra el sin sentido de su existencia: ¿Qué pasará conmigo en el momento que alguno de mis amigos… o tal vez los dos no regresen? Su compañía es lo único que me da fuerzas para seguir sin descanso tirando una y otra vez de esta manguera. ¿¡Qué será de mí!?

Llegaron las primeras luces del sol rojo y con ellas el batir de las alas del cuervo blanco. El cuervo negro se despidió como de costumbre, acercó uno de sus redondos ojos a su cara para mostrarle el reflejo en su pupila de aquel rostro demacrado, desfigurado, escuálido y lloroso.

¡No! ¡Espera! —gritó agitado por el miedo. ¡No te vayas! ¡Quédate!

Los cuervos intercambiaron miradas y un polvo estrellado comenzó a llover en el nido. Una cascada de luz se coló por los agujeros de la manguera y la quebró. Comenzaron a agitar sus alas y a graznar tan fuertemente que aquella osamenta con sus carnes pútridas se rompió en mil pedazos y se coló con la forma de un fino polvo dorado en las pupilas de esas magníficas aves. Entonces, los cuervos atravesaron las ventanas prismáticas del nido y partieron juntos en busca de un nuevo corazón para liberar.

FIN

Luego de escribir esta historia llegó revoloteando, quizás impulsada por las alas de estos cuervos, esta canción 😉

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