El Televisor Mágico

El Televisor Mágico

noviembre 15, 2017 0 Por admin

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Género: Humor Negro

Marta se despertó a las cuatro y cuarenta de la mañana, más temprano que de costumbre, había tenido una mala noche, casi no logra conciliar el sueño pensando en la deuda que había adquirido al comprar el televisor de última generación con el que se había encaprichado su madre. Aún se acordaba de sus palabras en la tienda:

─Pero mija, piense en nosotros, yo me lo paso cuidando a Sebastián y lo único que tengo para distraerme son mis novelitas… además su papá y el niño…

Sí, ella tenía la culpa por quedar embarazada del Ingeniero que la iba a sacar de su aburrido puesto de secretaría y le daría su ambicionado lugar en una casa lujosa como toda una señora. Se comió todas las mentiras que le dijo y un día no lo volvió a ver. Unas semanas después se le ocurrió entrar en la empresa donde trabajaba aquel hombre. «“Ni siquiera me tomé el trabajo de averiguar si en realidad trabajaba aquí”, pensó con la sangre acalorando su cabeza». Luego de preguntar en varias oficinas finalmente encontró la del ingeniero, pero allí la secretaria le informó que éste había sido trasladado a otro país, fueron a almorzar juntas y se enteró que ese hombre tenía familia y dos hijos. Esa misma noche se hizo la prueba de embarazo y salió positiva.

Habían pasado seis años desde aquel día, pero todos las mañanas recordaba el dolor del engaño como si hubiera sido ayer, luego, para terminar su primer cóctel de amargura, lo mezclaba con unas pizcas de preocupación por las deudas que la ahogaban, y hoy se le sumaba una deuda más:

─¡La del maldito televisor! ─dijo, haciendo un esfuerzo por hablar en voz baja para no despertar a nadie.

Ya no podía hacer nada… excepto levantarse de esa cama, ducharse y seguir trabajando. Su hijo Sebastián de cinco años y sus padres eran su familia, y ella trabajaría para darles lo que estuviera a su alcance.

Cuando terminó de arreglarse para salir a su trabajo eran las cinco y treinta de la mañana, bajó a la cocina y se preparó un tinto, era demasiado temprano para salir a coger el bus. Se fue para la sala, pasó junto a la mesita de centro y al lado del florero sin flores estaba el control remoto, lo cogió y miró a su alrededor, no supo si darle risa o ponerse a llorar: las paredes de ladrillo sin pañetar ni pintar; los muebles viejos; dos baldes pequeños, uno en cada esquina para recoger las goteras del techo; el piso de cemento sin acabar, y en todo el centro, el televisor de última generación… entonces, la ira brotó de su pecho y devolvió el control a la mesa, se sentó y se quedó mirando el televisor apagado.

Escuchó que su madre se levantó, bajaría a las seis y cuarto de la mañana a preparar el desayuno como todos los días. Se paró y cogió nuevamente el control remoto «“al menos algo nuevo”, se dijo y lo prendió».

─Una caleta del famoso narcotraficante Alberto Morte fue encontrada ayer en las inmediaciones de la finca Aguas Negras, las autoridades iban en busca de droga, pero no encontraron un sólo gramo, en su lugar descubrieron una de las caletas más grandes hasta el momento encontradas: 80.000 millones en joyas, euros, dólares, oro en polvo…

Marta se atoró con el tinto y pensó, «“¡todo ese dinero y uno aquí jodiéndose para conseguir la plata de un televisor!” ─cogió de nuevo el control para apagarlo─ “Y con esa nitidez parece que me estuvieran restregando todo ese dinero en la cara”». Luego vino a su mente la imagen del vendedor diciendo:

─Estos televisores muestran el 99% del espacio de color DCI-P3, el que se utiliza en el cine digital.

«“¡Qué cine digital, ni qué nada!”, le contestó Marta a la imagen del vendedor en su mente, mientras trataba inútilmente de apagarlo; el control no le respondía. “Y encima este bendito control está dañado, argg, ahora que no me toque ir a cambiar este aparato por garantía, es lo único que me falta”, continúo con su inútil monólogo interno, mientras caminaba hacía el televisor».

─¡Y ahora dónde está el botón de apagado! ─dijo murmurando para que no la oyera su mamá que acaba de salir de la ducha.

Buscó por un momento, pero de la misma ofuscación no veía el botón de apagado. Detuvo su mirada en la abundante cantidad de dinero que aparecía en la imagen, mandó su mano hacía el televisor y ésta entró en la imagen, Marta retrocedió asustada.

«“¡¿Qué es esto, encima me estoy volviendo loca?! Mejor me voy a adelantar el desayuno”, pensó y dio unos pasos hacía la cocina. “Yo no estoy loca… qué tal que pudiera sacar dinero de ahí… lo que estoy diciendo sí es un disparate…”, siguió hablándose mientras regresaba hacia el televisor».

Nuevamente introdujo su mano dentro del televisor, cogió uno de los maletines que exhibía la policía y lo sacó de la imagen; el dinero se regó por el piso de cemento de la sala y Marta cayó al piso propinándose un fuerte golpe en su trasero. El golpe la terminó de despertar, abrió sus ojos aún pesados por el malestar de la noche y miró a su alrededor: cogió algunos billetes, luego otros, y otros; no lo podía creer, su respiración se aceleró, su corazón comenzó a latir más rápido, sus manos se pusieron frías, miró de nuevo hacía la pantalla, pero los policías que aparecían en la imagen no daban señales de haberse dado cuenta de lo que había sucedido.

─¡Ufff qué es esto! ─dijo en voz baja mientras cogía más billetes del piso y volvía a mirar hacía la pantalla.

Ahora mostraban las joyas y unas bolsas que al parecer contenían el oro en polvo que habían incautado. Marta se paró del piso rápidamente, esta vez metió sus dos manos dentro de la pantalla, sacó todas las joyas que pudo y las bolsas que contenían el preciado polvo; sostuvo fuertemente su motín y lo depositó encima de una de las sillas desbaratadas de la sala. Su corazón se aceleraba más, miraba para todos lados, luego miraba al televisor.

─¡Ahí está la reportera!… ¡Joputa cómo apago esto!… ¡Se va a dar cuenta!… ─murmuraba con su corazón en la boca.

La reportera no daba ninguna señal de estar enterada de lo que sucedía, era como si nada de lo que Marta hiciera tuviera alguna incidencia dentro de lo que sucedía en el televisor. Trató de calmarse, se dio la vuelta y nuevamente fue por el tinto, tomó un poco, se pasó sus manos temblorosas y frías por la cabeza, cogió de nuevo el control, pero seguía sin responder.

Volvieron a pasar la imagen de los policías mostrando las maletas con todo ese dinero, Marta corrió hacia la pantalla, cogió dos maletas y las colocó suavemente en el piso, miró nuevamente la imagen sintiendo que el miedo la iba a matar en cualquier momento, pero nada, ahí seguían parados los policías, como si nada; luego se fijó en las maletas de la imagen y no faltaba ninguna, volteó a mirar a su sala y ahí estaban: ¡llenas de dinero!

Marta tomó todo el aire que pudo, lo exhaló por la boca, y luego tomó más aire, se llenó sus pulmones como lo hacía de niña cuando iba a piscina y se zambullía en el agua cálida; volvió a meter sus manos en la imagen y cogió dos maletas más, luego otras dos, y otras dos, y otras dos, y otras dos… «“¡No volveré a trabajar nunca más! ¡Me daré la vida que me merezco! ¡No volveré a pasar más necesidades! ¡Le daré a mi familia todas las comodidades! ¡Nos iremos de este hueco donde vivimos!”, gritaba Marta en su monólogo interno».

─¡Otras dos más! ─pero esta vez dejó salir ese grito de su mente al exterior, luego se tapó la boca con sus manos acordándose que su madre pronto bajaría y que despertaría a los demás; en ese momento la imagen desapareció y pasó a la de la presentadora del noticiero, nuevamente esa sensación de ser descubierta la embargó y sintió que la ahorcaría─. ¡Tengo que apagar esto! ─volvió a gritar en voz alta.

─¡Mija qué está pasando! ¡¿Por qué grita?! ¡Abra la puerta que se le hizo tarde para ir a trabajar, ya no alcanza a desayunar! ─gritaba la madre de Marta golpeando la puerta de su alcoba.

Marta abrió sus ojos, miró a su alrededor, estaba en su cama, vio el reloj despertador, eran las siete y cuarenta de la mañana, tenía que entrar a las ocho. Nunca había soñado de forma tan vívida en su vida y por eso esta vez el aterrizaje fue aún más doloroso: no había dinero esparcido en el piso de cemento, no habían joyas, no había oro en polvo, sólo su estrecho cuarto y tendría que correr como nunca para poder pagar las cuotas de su tarjeta de crédito.